[Cine/Comentario] ‘Baby, el aprendiz del crimen’, la destreza cinemática avanza a todo motor.

En Baby Driver, el director Edgar Wright se dispone a hacerte pasar un muy buen rato. Nunca ha sido de los cineastas que esperan cegarte con el lustre de su currículo, el cual incluye comedias que repiensan géneros, como la película de zombis Shaun of the Dead y las aventuras policiacas de Hot Fuzz. Wright trabaja para encantarte, tanto que se nota el zumbido de su maquinaria cinematográfica aunque quizá no tanto el esfuerzo que esta hace. Y es que quiere que su filme resulte sencillo y relajado, aunque sobre todo desea que luzca genial, con un protagonista, Baby (Ansel Elgort), que a momentos se mueve con la gracia de Gene Kelly o le saca humo a las llantas como Steve McQueen.

Baby, aprendiz del crimen es la conducción de un vehículo con motor renovado y un hermoso trabajo de pintura; todo se basa en el movimiento, a veces en la quietud y en cómo un hombre hermoso puede verse (sentirse, parecer y ser) mejor cuando se mueve de manera incansable, sincopada y gloriosa. La primera vez que vemos a Baby —ese es su apodo, que además le queda a la perfección a Elgort, con su rostro angelical y su complexión esbelta— ocupa el asiento del conductor, donde debe estar. El auto no parece la gran cosa; solo es una caja color rojo cereza con puertas y un alerón. Como nosotros, Baby está esperando que comience la acción, al parecer aislado del mundo exterior con sus gafas de sol y sus audífonos.

Así ruedan tanto Baby como Wright: con cambios de velocidad, pedales a fondo y melodías potentes. También hay una historia, desde luego, acerca de cómo Baby se mete en problemas y los resuelve mientras encuentra amor y dinero. No tiene una vida interna, pero tiene aptitudes, un pasado oscuro y un padre adoptivo bondadoso, Joe (CJ Jones, quien ayuda a darle al filme un poco de corazón), un hombre sordo con quien se comunica con lenguaje de señas. Baby también sufre de acúfenos, un constante zumbido de los oídos que calma escuchando música; en general, tiene una sincronización perfecta, así como una capacidad física reactiva y agraciadamente elástica, lo cual insinúa que Wright se puso a ver los filmes de Jacques Tati.

Esa es una referencia maravillosa a la cual apegarse y de la cual aprender, sobre todo si eres un estudiante tan ingeniosamente atento como Wright. Baby conduce con fuerza, velocidad, precisión y, al parecer, sin esfuerzo alguno; hace girar las llantas a través del pavimento como un atleta ruso sobre hielo. En el vistoso inicio del filme—la clásica escena explosiva de un robo— Baby acelera en su auto rojo (un Subaru mejorado) y se adentra en una de esas complejas persecuciones al estilo del Correcaminos, la cual apunta a un momento climático con escapes imposibles, guiños de arrogancia y la potente cadencia de “Bellbottoms”, una canción de los Jon Spencer Blues Explosion, grupo que el crítico Robert Christgau alguna vez describió, de manera inolvidable, como “música avant-travesti combinada con blues”.

Baby, aprendiz del crimen no puede describirse de la misma forma; es un pastiche pop por excelencia, lleno de acción cubista; personajes rudos y bonachones (interpretados por actores seductores como Jamie Foxx, Jon Hamm, Eiza González y Lily James); así como una enciclopedia de alusiones cinematográficas.

Todo esto, además, está acompañado de música de la que no es posible escapar. A veces, todo el filme parece desenvolverse como un álbum tributo, una colección de versiones nuevas de calidad variable: charlas en restaurantes baratos estilo Quentin Tarantino y explosiones de color estilo Godard. Cuando funciona, las alusiones te colocan en un viaje de felicidad, como cuando un amigo pone una de tus películas favoritas. Pero, en otras, el placer que transmite Wright se convierte en autosatisfacción y todo ese amor resulta sofocante, casi acosador, como cinefilia entre colegas en su máxima potencia.

En general, es fácil seguir el ritmo de Wright, en parte porque casi no suelta el acelerador. El protagonista simplemente va a toda velocidad y hace paradas ocasionales para beber café o escuchar los regaños de su enigmático jefe, Doc, uno de esos misteriosos criminales sabelotodo y omnipresentes, a quien Kevin Spacey le da un toque ominoso y una voz baja y demente (quizá desquiciada). Doc le sabe algo a Baby, quien se ha visto obligado a llevar una vida de malos pasos y malas compañías. Que Baby no haya tenido otra opción más que seguir este camino parece tan inverosímil como suena. Sin embargo, el fatalismo heroico y la villanía renuente siguen siendo tropos cinematográficos perdurables que hemos visto incluso en filmes de gánsteres, aunque eso signifique dar prioridad a la convención y no a la complejidad.

Hay mucho que disfrutar en Baby, aprendiz del crimen, incluyendo la satisfacción de la técnica y el verdadero arte cinematográficos, cualidades que los espectadores ya no pueden dar por sentadas. La edición es impresionante, los colores tienen vida propia y la fotografía respalda las actuaciones y la historia en vez de embalsamarlas en un concepto ostentoso pero vacío y autocomplaciente del director. En su mayor parte las emociones son mecánicas y frías, pero las persecuciones automovilísticas son ardientes… y a la vez fluidas, geométricas y rítmicas, con un ritmo que Baby conserva incluso fuera del auto, ya sea que esté de paseo o escapando (el director de fotografía es Bill Pope; los editores son Paul Machliss y Jonathan Amos, y el coordinador de acción es Darrin Prescott, quien dirige a un ejército de dobles).

Baby, aprendiz del crimen es tan buena que desearás que fuera aún mejor y más profunda, que se dejara de artimañas (o por lo menos usara otras) y trascendiera sus clichés y citas cinematográficas para que pudiera despegar de la comodidad de su género y llegar al más allá cósmico, donde el oficio y la técnica se transforman en arte.

Debo admitir que esa es una queja muy codiciosa, sobre todo porque Wright hace bien muchas otras cosas y porque, evidentemente, su intención es que saltes de tu asiento. Es difícil encontrarle fallas a un director que quiere complacer tanto a la audiencia (en vez de procurar la creación de una franquicia, por ejemplo). Al mismo tiempo, debemos preguntarnos adónde iría Wright si pudiera liberarse de sus influencias y de la forma para permitir que en el contenido también relucieran los sentimientos.

por Manohla Dargis



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