Festival La Gacilly Photo

El final del verano es, como en todos lados, lamentable. Tal vez más que el final del verano, lo lamentable es el término de las vacaciones, sobre todo el domingo antes de retomar el trabajo, día en que generalmente uno ya comienza a estresarse. Sin embargo, a veces una sorpresa de último momento te puede distraer y hacer olvidar la dura realidad, pudiendo volcarte a hablar de sensaciones, colores, profundidades, texturas y ambientes. En fin, hablar de fotografía.

Un festival al aire libre

El Festival La Gacilly Photo (edición n°13) es el festival de fotografía al aire libre más grande de Francia, y tiene lugar en la ciudad bretona La Gacilly, un poblado de poco más de 2.500 habitantes, el cual se convierte, cada año, en un centro de cultura fotográfica, por el que circulan, durante tres meses, más de 300.000 visitantes.

Hay que desplazarse 60 kilómetros desde la antiquísima ciudad de Vannes y llegar al centro de la ciudad para comenzar el, para mi sorpresa, largo recorrido por calles y parques que van develando un amplia y rica selección de miradas.

Todo comienza por comprar la guía (módica suma de 1 euro), que señala los puntos de la ciudad en donde se encuentran las diferentes exposiciones. Este año el país invitado es Japón y el tema es Los Oceános.

En la ruta del revelado

Como en mis tiempos del colegio, aún no existía el ramo de Lengua Castellana y Comunicaciones, si no Castellano, a secas, nunca me enseñaron a leer un mapa ni un plano, por lo que mi capacidad para seguir instrucciones en la búsqueda del tesoro es casi nula. Así que sólo me dejo guiar por mi instinto (al que no debería hacerle tanto caso) y por las flechas que encuentro por ahí y por allá.

Así, deambulo entre la exposición de unos colegios que tienen por tema el océano y la contaminación, autores regionales que abordan islas y la antigua pesca de mar, hasta detenerme y hacer una larga pausa en el primero de los fotógrafos japoneses de la jornada: Takeyoshi Tanuma, quien con su fotografía callejera, llena de humanidad, desarrollada en la segunda mitad del siglo XX, hace recordar el sentido de la fotografía.

Desciendo una estrecha calle llena de adoquines y construcciones de piedra (materia prima de las casas) y me encuentro con magníficas vistas de los bosques de Madagascar y sus increíbles baobabs (recuerdo el miedo del Principito a que su planeta fuera destruido por estos gigantes árboles), un impresionante verde obnubilante que parece tragarse todo (como las fotos del francés Pascal Maitre).

Reportajes y la soberanía japonesa

Al final de la calle y en medio de gigantografías del tamaño de una casa de dos pisos, visito la exposición En el horno de Sentao (traduciendo del francés), en “La Maison de la Photographie” de la ciudad, donde se encuentra la exposición de la americana Lian Milton, quien realizó un reportaje en un poblado de Brasil sobre la desertificación y sus efectos en las pequeñas localidades, trabajo con el que ganó el premio de la Fundación Yves Rocher. Sus retratos resultan de una crudeza y una brutalidad indecible, que contrasta con la realidad del lugar en el que están siendo exhibidas. Pura ironía.

Metafóricamente atravieso un pequeño puente que me lleva a la muestra oceánica del canadiense Paul Nicklen, fotógrafo de la naturaleza y, en particular, de la vida en las zonas polares y la influencia del cambio climático. Tres potentes gigantografías coronan una serie que ensalza la belleza de la vida marina y su fauna. El sólo contemplarlas y detener la mirada en los ojos de un bebé pingüino me hace olvidar los 30° bajo los cuales estoy cerrando este verano poco habitual en Bretaña.

Retomo la senda de los fotógrafos japoneses y ya me declaro un devoto y un acérrimo discípulo de la fotografía japonesa. Y es que la poética de Shoji Ueda te quita el aliento, un surrealista de la imagen que realiza la mayor parte de su obra en dunas, jugando con sólo dos valores: el blanco y el negro. Utilizando cielos puros o las interminables arenas de las dunas, genera fondos planos que encandilan y hacen alucinar.

Muy ad-hoc a la situación de los inmigrantes que se vive en Europa, se descubre una serie de reportajes que narran el periplo de diferentes protagonistas que son acompañados por un fotógrafo que relata, en imágenes, las calamidades y las dificultades de quienes intentan escapar a la irracionalidad que se adueña de sus países (para ir a parar, tal vez, a países con otro tipo de irracionalidades). Paradójicamente doy con una fotografía ampliamente difundida en las redes sociales, utilizada generalmente para memes o añadir alguna frase humorística (recordar la foto de unos pies maltratados y con unas chalas hechas con botellas de plástico, bueno, pues la foto pertenece al francés Olivier Jobard, en el contexto de una odisea atravesando toda la África para ganar la Francia).

Me paseo por unos jardines donde una serie de otros autores nipones entregan colores y tonos suaves y oníricos que encajan perfectamente en el entorno natural, cuando de golpe todo esto choca con los dioramas de ciudades de Sohei Nishino: una obra monumental de miles de fotografías con las que recrea el mapa de diferentes ciudades. Vuelvo a alucinar.

Termino mi visita recorriendo una sección de reportajes denuncias, en donde se encuentran relatos sobre Fukushima, la contaminación oceánica, la sobre-pesca y algo relacionado con unas bandas de saqueadores marinos en algún punto de los mares de la India.

Luego de varias horas de recorrer senderos, estrechas calles, jardines y museos, tomo asiento en el Bar Breton, frente a La Maison de la Photographie, ordeno una cerveza y aún no me doy cuenta que las vacaciones terminan hoy.

Texto y Fotografías por Carlos Ojeda

La Gacilly Photo, 2016

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