MANKA SAYA 25 AÑOS DE MÚSICA

En una sociedad postmoderna, llena de movimientos al vacío, de bullicios perdidos y de pasados olvidados es necesario toparse con sonidos que resignifiquen nuestro paso por esta superficie milenaria mal llamada por el colonialismo con el nombre de  “América”, este suelo ancestral lleno de cultos a la tierra, de festividades por un nuevo año y de agradecimientos por vivir junto al sol y a la luna. Eso es Manka Saya, una fotografía sonora de la vida andina quienes desde el año 1988 interpretan música Aymara y mestiza del norte grande de Chile, Bolivia y Perú, y quienes este año celebran 25 años como agrupación.

manka1

Nacidos en la peña del recordado e impune René Largo Farías, y posteriormente impulsando una carrera como agrupación netamente musical, la comunidad de abajo, como se traduce su nombre al castellano, ha contribuido a generar y a renovar diálogos sistemáticos con agrupaciones tales como teatro mendicantes, la Banda Conmoción o Juana Fe, generando puentes para impulsar un sonido fresco, con identidad latinoamericana, con lineamientos políticos vigentes y por sobre todo con un fuerte interés por volver a través de los aerófonos andinos a nuestro origen ancestral. De esto y más conversamos con Pedro Aceituno, productor e integrante de esta agrupación de 17 músicos liderada por su fundador AlbertoTyco” Ramirez y por su director musical Victor Lino.

“Existe una resonancia interna que nos hace llegar a esta musicalidad” nos aventaja Pedro, quien antepone una verdad que hace eco en esta comparsa, el hecho de que varios de sus integrantes (todos hombres) vienen de la cuenca del Mapocho, Santiaguinos, y no de las alturas de los andes. Si bien el Manka Saya en sus inicios era una agrupación con gente en su mayoría del norte, hoy se transforma en una mixtura de músicos de variados lugares físicos, sin tener esta observación un mayor detalle en su cometido original que es el de alegrar y poner la cuota musical en diversos escenarios, pasacalles, ceremonias y rituales en el valle de Santiago, la ciudad más extrema del Tawantinsuyo.

“Somos 17 personas, por lo tanto hay 17 visiones distintas de ver las cosas, hecho que en el fondo es la riqueza en gran medida de este grupo” sostiene para exponer las distintas influencias internas que mueven a este conjunto que tiene 3 discos a su haber y uno próximo en camino que nace para abrir las celebraciones de este, un año muy especial para estos sopladores, que justifican su participación en lo urbano de una manera clara y directa:

“En el fondo nuestra participación tiene que ver con integrarnos como parte de una comunidad, como en el barrio Yungay, participando con una serie de colectivos, celebrándole a la tierra, celebrándonos a nosotros mismos como un medio para el  florecimiento de la tierra, viviendo el carnaval. Acá lo que se genera es una red, una comunidad que se sostiene frente a la precariedad de las vivencias del hombre moderno, es esta una gran malla en donde sabes que si te falta algo hay hermanxs dispuestos a ayudarte y viceversa”, explica Aceituno, para evidenciar las enseñanzas que deja el mundo andino en la urbe, conceptos como el apoyo mutuo y la reciprocidad que hoy más temprano que tarde, vuelven a aparecer.

La contingencia con nuestras fronteras impuestas también sale al tema. La música andina es una de las tantas cartas que suscriben el hecho de que finalmente la cultura de los pueblos cualesquiera que sean no pertenece a los países, sino que más bien, pertenece a los territorios mismos, sin necesidad de ser Chileno, Peruano o Boliviano para poder interpretar una tarqueada, mohoseñada o tocar un cumbión con las lakas, los aerófonos andinos predilectos del norte grande.

“Uno comulga fundamentalmente con esto, se adscribe a dejar los egos y los miedos; uno se enfrenta a su espíritu y descubre que quizás en el fondo uno incluso podría ser un kallawaya que le tocó nacer en La Pintana, es la opción de elegir el camino”, nos aventura, para agregar: “Un Boliviano puede ser pefectamente mucho más hermano que los vecinos del block en donde uno vive, que pueden no tener solidaridad con uno y no poseen interés en realizar un puente o gestar propuestas, finalmente en tu pasaporte no va tu filiación ni las hermandades; el nacionalismo en el fondo, cualquiera sea, vale madre”, sentencia.

Indudablemente Manka Saya se hace escuchar y forma parte de la vereda social que irrumpe ante las demandas que el sistema niega inmutablemente, “las búsquedas personales nos llevan a esto, lo que hacemos colectivamente responde a las demandas individuales de cada uno, esta es una gran herramienta y una gran arma, ver este bombo, con una caja, unos platillos y 14 tipos soplando al unísono, haciendo moverse a las personas, es una propuesta que tiene que estar al servicio de la gente” profundiza al momento de explicar el “decir las cosas” que quiere expresar el conjunto, lograr que en cada dejo esté presente lo que ellos son. Un ejemplo de ello es la canción “Pueblo Joven”, expresión popular Peruana para denominar a las poblaciones callampas de esa zona. “Este es mi pueblo joven, donde mis hermanos trabajan sin cesar”. Ellos han cambiado el texto para contextualizarlo a nuestra zona geográfica, “donde mis hermanos no pueden estudiar”. Dicho y hecho, Manka Saya trae la sabiduría de los andes para el urbano santiaguino promedio, aquel ser que aun no logra reconocerse. Esperemos que en 25 años más el Manka Saya siga existiendo, pero ya no como una ventana hacia algo lejano, sino más bien, como una ventana abierta en donde el viento abrace nuestra libertad que ya no está perdida.

por Marcelo Cornejo



Se el primero en comentar

Deja una Respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*