[Crónica] Por el amor a las sopaipillas (con mostaza)

Son las 19hrs y en la plaza que da a la salida del metro Santa Ana, ya comienzan a aparecer como oasis en el desierto gelido de este otoño santiaguino, una serie de carros de supermercados modificados con balones de gas licuado por debajo y una improvisada cocina en la parte superior. Se trata de los famosos e inconfundibles carritos de sopaipillas, que evadiendo policía y sumando cada vez más consumidores se esparcen por toda la ciudad.

Mostaza, Ketchup y más

Las hermanas montero son las reinas indiscutidas de la plaza de Santa Ana, desde temprano van a la distribuidora de sopaipillas, que ya vienen pre cocidas, y su puesto ya esta ganado por la constancia y haber pasado por el vendaval de detenciones policíacas. Las cortinas se levantan y el show comienza con la puesta en marcha de la llama que sobresale por los costados de la improvisada olla, el aceite comienza a burbujear y denota que estamos listos para agregar los círculos de maza, mitad zapallo, mitad harina. Los clientes comienzan a acercarse sin timidez.

Las montero son del Perú y llevan más de diez años radicadas en Chile. A pesar del tiempo no pierden su acento del país del norte, “con Perú hasta la médula”, me dicen mientras me sirvo la primera de mis sopaipillas. “El trabajo es duro, te levantas temprano a comprar las sopaipas para el día, que deben ser fáciles unas 400 y después vas a tu casa a hacer las labores de mamá… después comienza el negocio, cuando todos salen del trabajo”, me comenta una de las hermanas mientras voy ya en el segundo manjar esta vez con ketchup.

Al lado del carro de las montero comienza a aparecer mas comercio de alimentos con acento multicolor. Venezolanos, colombianos y peruanos vuelven la pequeña plaza fuera del metro subterráneo en una paleta diversa de rostros y sonrisas, a pesar del frío que pesa en el aire. Como si fuera un universidad de la comida callejera, el carrito de sopaipillas involuntariamente se pone el centro del lugar y al rededor sus facultades de arepas, arrollados primaveras o empandas recién hechas. Los clientes de sopaipas no aflojan y ahora son los estudiantes, quienes poblan como abejas al panel de miel. A lo lejos una falsa copia de la policia metropolitana o los conocidos guardias municipales, los cuales hacen vista hacia los cerros imaginarios dejando que el comercio fluya a pesar de las reglas y prohibiciones que el edil de la comuna de santiago a impuesto a este comercio ilegal.

El gato y el ratón

“No tienen permiso ni resolución sanitaria (…) Yo no sé si ese ceviche tiene cadena de frío y los anticuchos no sé de dónde vienen“, enfatizó Alessandri en referencia al tema de la prohibición de la venta de alimentos en las calles de Santiago. El edil esta empecinado a combatir a estos puestos ambulantes y lograr su erradicación del centro de la capital. Las patrullas municipales se multiplican con su carros blancos y sirenas de colores, tienen la autoridad para disudair, pero no detener, pueden asustar, pero no encarcelar, sólo es privigilegio hoy, de los denominados pacos.

Felipe Alessandri ya habia realizado las declaraciones esta medida en octubre, cuando reclamó que “yo no sé si ese ceviche tiene cadena de frío y los anticuchos no sé de dónde vienen”. No solo los vendedores ambulantes serán castigados, sino también los consumidores, quienes serán identificados mediante cámaras de televigilancia si no cumplen la normativa municipal. la guerra contra el comercio ilegal se centrará en Parque O’Higgins, Barrio Meiggs, Franklin y otras ocho ferias emblemáticas de la capital.

Nómades

Son las 21hrs, afuera de la Torre Entel, Cecilia ya esta con su hija y su puesto de papas fritas, sopaipillas y la pollada, como se le conoce al trozo de pollo acompañado de frituras. las personas comienzan a congregarse bajo disfraces que ayudan a palear los solo cinco grados de temperatura, a cinco metros prepara su propia función César, un venezolano, que trae su puesto de Pepitos, una especie de hot dog alargado con queso, carne y todos los agregados que en la imaginación de este sonriente caribeño pudo realizar.

Dos policías vienen por el inicio de calle amunategui conversando y mirando su teléfono móvil, los carros de comida callejera al unisono comienza a moverse como cual manda va en busca de mejores tierras, los carabineros llegan al lugar y solo ven lo que fue rastros de la manada.

No pasaron más de diez minutos y la comida vuelve a su lugar de origen, la gente se congrega, las frituras comienzar a emitir un ruido que se mezcla con el del transporte público y autos de la Alameda. Pienso en el alcalde y las medidas en contra quienes compran esta comida, Cecilia me pregunta ¿pollada?, no le digo, gracias… me llevo dos sopaipillas.

por Cristian Aránguiz

 

 



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